Los fármacos que nos curan, los materiales que nos rodean y los inventos que nos hacen la vida más fácil, son el producto de largos procesos de investigación y desarrollo. Pero muchas de estas maravillas de la ciencia tuvieron su origen en observaciones fortuitas, con consecuencias imprevistas. La combinación del azar con la sagacidad de los científicos ha sido un cóctel enormemente fructífero para el desarrollo de la ciencia.
Método, rigor, planificación,
exactitud. Todos estos sustantivos pueden verse dignamente acompañados del
adjetivo científico sin ningún reparo. Efectivamente, la investigación
científica y el desarrollo tecnológico se asocian en nuestras mentes con
proyectos cuidadosamente planificados, financiados, coordinados y llevados a
cabo. Proyectos que, finalmente, desembocan en descubrimientos, productos,
inventos o dispositivos que nos cambian la vida. Y algo de verdad hay en ese
estereotipo.
Sin embargo, muy a menudo, los
descubrimientos más significativos, los productos más útiles e incluso los
materiales o inventos más revolucionarios se cuecen en cocinas insospechadas.
Se trata de la ciencia inesperada, la que no estaba en el guión de sus propios
descubridores, la que sigue sorprendiendo a los nietos y a los hijos de los que
la gestaron.
Abundan los ejemplos de
descubrimientos que surgieron cuando un buen científico iba buscando otra cosa,
descubrimientos revolucionarios originados quizá en situaciones accidentales en
los que el azar quiso jugar un papel fundamental. Descubrimientos ya clásicos
como la penicilina del Dr. Fleming, sembrada por accidente en un cultivo de
laboratorio, o episodios legendarios como el de la manzana de Newton, que con
su fortuita caída encendió las luces de la gravitación universal. Pero hay
también muchos otros ejemplos, ciertamente menos conocidos aunque igualmente
significativos, numerosos casos de descubrimientos no pretendidos que
configuran una historia de la ciencia inesperada que trasciende la anécdota y
nos habla de pautas que deberíamos tener en cuenta si realmente nos interesa
nuestro futuro como sociedad tecnológica.
¿Sabía usted que el invento de la
pila eléctrica no tenía como objetivo la fabricación de un dispositivo de
almacenamiento de energía?. ¿O que el proceso de vulcanización del caucho fue
fruto de un accidente?. ¿Cuántos premios Nobel han tenido su origen en un error
de síntesis?. Contestar a esta última y capciosa pregunta es imposible, aunque,
si de muestra vale un botón, podríamos recordar que el Nobel de Química del año
2000 fue concedido a los químicos Sirakawa y McDiarmid y al físico Heeger, por
el descubrimiento y aplicación de los polímeros conductores, y que su
descubrimiento inicial del trans-poliacetileno que una vez dopado da lugar a un
extraordinario plástico conductor de la electricidad tuvo lugar después de su
síntesis por accidente, en una preparación en la que se había usado una
cantidad excesiva de catalizador.
Si tan frecuentes son los descubrimientos
accidentales en el campo científico, podríamos pensar que la ciencia avanza al
ritmo que le marcan los golpes de la fortuna. Pero no sólo es cuestión de
suerte. Es cierto que a menudo los descubrimientos más inesperados pasan
accidentalmente por delante de las narices de los científicos, pero esas
narices tienen que estar muy bien entrenadas para captar al vuelo las esencias
del nuevo descubrimiento para después investigarlo a fondo. Además del azar, la
sagacidad del investigador para extraer las oportunas conclusiones del
accidente y su posterior perseverancia para reproducir resultados y analizarlos
con rigor son características esenciales para que el descubrimiento acabe en
los libros.
Esa peculiar mezcla de azar y
sagacidad, tan fructífera en ciencia, tiene un nombre peculiar. Se denomina
serendipia, un neologismo que todavía no ha sido bendecido por la Real Academia
y que procede, como no, del inglés, de la palabra serendipity, muy popular
entre los científicos de todo el mundo e incluso popularizada recientemente en
una película de Hollywood. Una palabra parida en una carta de Sir Horace
Walpole a su tocayo Sir Horace Mann fechada el 28 de enero de 1754, una palabra
engendrada por la lectura de un cuentecillo titulado "The Three Princes of
Serendip" y que se refiere a la condición del descubrimiento inesperado
que se realiza gracias a una combinación de accidente y sagacidad.
Pero la ciencia inesperada no se
limita a casos de descubrimientos serendípicos. A lo largo de la historia de la
ciencia se han dado, y se siguen dando, muchos otros casos de descubrimientos
que no son accidentales, pero cuyos efectos de mayor trascendencia no son en
absoluto evidentes ni pretendidos cuando se realizan. En el momento de su
nacimiento, los descubrimientos de este tipo suelen pasar desapercibidos para
una abrumadora mayoría de gente, o, en todo caso, provocar comentarios del tipo
"Y eso... ¿para qué sirve?"
Siguiendo con los botones de
muestra podríamos recordar el caso del inglés William Grove, jurista de
profesión y físico de vocación que en 1839 hizo público un experimento con el
que demostraba la posibilidad de generar corriente eléctrica a partir de la
reacción electroquímica entre hidrógeno y oxígeno. Su original diseño consistía
en unir en serie cuatro celdas electroquímicas, cada una de las cuales estaba
compuesta por un electrodo con hidrógeno y otro con oxígeno, separados por una
disolución electrolítica. Grove comprobó que la reacción de oxidación del
hidrógeno en el electrodo negativo combinada con la de reducción del oxígeno en
el electrodo positivo generaba una corriente eléctrica. Esa corriente eléctrica
se podía usar a su vez para generar hidrógeno y oxígeno, aunque debido a las
limitaciones de la termodinámica, siempre en menores cantidades que las usadas
para generar dicha corriente. Pero además el primitivo diseño de Grove estaba
poco optimizado y en sus experimentos un cierto volumen de hidrógeno producía
electricidad escasamente suficiente para generar a su vez la cuarta parte de
dicho volumen del mismo gas
Seguro que podemos adivinar los
sarcásticos comentarios de los pragmáticos de la época. ¡Valiente negocio!,
emplear cuatro volúmenes de gases para generar electricidad que genera un solo
volumen. ¡Menuda pérdida de tiempo!. Sin embargo, Grove, que acabaría siendo
nombrado Sir, no buscaba aplicaciones, sólo conocimiento científico. Ni él ni
nadie podía saber que estaba sembrando de conocimiento el terreno en el que
crecerían, más de un siglo después, las pilas de combustible. El experimento de
Grove mostró el principio fundamental de su funcionamiento. Mostró la esencia y
el camino. La esencia, la interconvertibilidad entre la energía química de un
combustible y la energía eléctrica; el camino, la posibilidad de convertir esa
energía directamente en electricidad sin pasar por un proceso intermedio de
combustión.
Los brotes de ciencia inesperada
son tan comunes hoy como ayer. Si acaso quizá más en nuestros días, ya que la
investigación científica es hoy una actividad más extendida. A buen seguro se
está dando ahora mismo algún caso en algún lugar del mundo.
Los descubrimientos serendípicos
y los episodios de ciencia inesperada son un encantador recordatorio de que
aunque la ciencia intenta y consigue trascender los límites humanos y llega a
establecer principios universales, el conocimiento científico lo construimos
los humanos, armados con nuestros cerebros, inmersos en nuestra sociedad y
nuestra cultura. Una dualidad peculiar, empresa humana/conocimiento universal,
característica de la ciencia, que lejos de restarle atractivo la hace
especialmente apasionante como herramienta y objeto de estudio al mismo tiempo.
Pedro
Gómez Romero, investigador y divulgador científico del CSIC.
http://www.cienciateca.com/lacienciainesperada.html
HISTORIA
DE LA PALABRA.
Había una vez un Reino exótico y
oriental llamado Serendip cuya memoria se confunde con la imaginación. Los más
viejos nos cuentan que existió; que estaba en una isla que muchos, muchos años
después se llamó Ceilán y que hoy se conoce como Sri Lanka. A juzgar por la
sonoridad de los nombres de algunas ciudades de esa isla, como Trincomalee o
Jaffna, bien pudo ser así. O quizá Serendip siempre estuvo en Persia, el reino
de los cuentos.
En el Reino de Serendip se
contaban muchas y maravillosas historias pero el azar quiso que sólo llegáramos
a conocer una. Se trata de la historia de los tres príncipes de Serendip,
individuos privilegiados no sólo por su noble ascendencia sino además por el
don del descubrimiento fortuito. Cuenta la historia que estos tres personajes
encontraban, sin buscarla, la respuesta a problemas que no se habían planteado;
que, gracias a su capacidad de observación y a su sagacidad, descubrían incidentalmente la solución a
dilemas impensados.
Tan peculiar debió parecerle este
don a un anónimo testigo que decidió inmortalizarlo escribiendo el anónimo
relato que llevó por título, en inglés,
“The Three Princes of Serendip”.
Mucha, mucha gente leyó ese libro
a lo largo de los años. Pero cuando lo leyó el señor Horace Walpole en el siglo
XVIII algo cambió. A Walpole el don de los tres príncipes también debió de
parecerle sublime, si bien difícil de explicar, y se inventó al efecto una
expresiva palabreja: “serendipity”, una palabra que, dado que el señor Walpole
era inglés, tuvo su primera oportunidad de repetirse y crecer en el mundo
anglosajón.
El género epistolar es bien
conocido como instrumento de declaraciones amorosas; pero, si no acaban en la
hoguera y superan el paso de las décadas, las cartas son también una fuente
valiosísima de información histórica. Y la carta que el señor Walpole escribió
a su tocayo sir Horace Mann el 28 de enero de 1754 es una de esas que hacen
historia. No Historia de la guerra ni de los imperios, no historia de espías o
conspiraciones, sino historia de la palabra. En esa carta Horace Walpole
hablaba de su reciente creación, de la palabra serendipity y de su riqueza
expresiva. Leamos...
“. . . this discovery indeed is almost of that kind which I call
serendipity, a very expressive word, which as I have nothing better to tell
you, I shall endeavor to explain to you: you will understand it better by the
derivation than by the definition. I once read a silly fairy tale, called The
Three Princes of Serendip: as their highnesses travelled, they were always
making discoveries, by accidents and sagacity, of things which they were not in
quest of: for instance, one of them discovered that a mule blind of the right
eye had travelled the same road lately, because the grass was eaten only on the
left side, where it was worse than on the right--now do you understand
serendipity?”
“... este
descubrimiento es del tipo que yo llamo serendipia, una palabra muy expresiva
que voy a intentar explicarle, ya que no tengo nada mejor que hacer: la comprenderá
mejor con su origen que con definiciones. Leí en una ocasión un cuentecillo
titulado “Los tres príncipes de Seréndip”: en él sus altezas realizaban
continuos descubrimientos en sus viajes, descubrimientos por accidente y
sagacidad de cosas que en principio no buscaban: por ejemplo, uno de ellos
descubría que una mula ciega del ojo derecho recorría últimamente el mismo
camino porque la hierba estaba más raída por el lado izquierdo - ¿comprende
ahora la serendipia? “
La palabra “serendipity” se
encuentra hoy en los diccionarios de inglés y su noción se ajusta muy bien a
numerosos casos de descubrimientos científicos, que se producen “por casualidad”, que se encuentran sin
buscarlos, pero que no se habrían llegado a realizar de no ser por una visión
sagaz, atenta a lo inesperado y nada indulgente con lo aparentemente
inexplicable.
No existe traducción al español
de esta peculiar palabra. El traductor del libro “Serendipity. Accidental
Discoveries in Science” de Royston M. Roberts (John Wiley & Sons, 1989) se
vio en un verdadero aprieto ante la perspectiva de traducir serendipity como
“condición del descubrimiento que se realiza gracias a una combinación de
accidente y sagacidad”. Su propuesta de introducir la palabra “serendipia” como
un neologismo parece absolutamente razonable pero tendrá que superar las
pruebas de los doctores de la lengua antes de encontrar su bendición
institucional.
http://www.cienciateca.com/ctsserend.html
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